Se les chispoteó

Ilustración: Jeremías Di Pietro

“¡Ya estoy hasta las huevas de estas pinches piernas!”, se escuchaba en las calurosas tardes mexicanas en la Casa Azul -aseguran fuentes extraoficiales-, cuando la famosa artista se cocía lentamente entre sus largas polleras típicas. Es que, a los 6 años de edad, Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón contrajo polio. Por eso, estuvo nueve meses en cama y una de sus piernas se desarrolló menos que la otra. Como consecuencia, sus compañeros de colegio la apodaron “Frida pata de palo” -nombre con el que firmó algunas de sus obras- y siempre usaba las abultadas faldas hasta los pies que aparecen en sus retratos.

Tanto la marcó este evento que podría decirse que, en parte, gracias a eso Frida -artista, feminista, militante, ícono, símbolo- existe. Pero, claro, es fácil romantizar el dolor ajeno… habría que preguntarle a ella si valió la pena.

No es igual el caso -disculpe usted, Mr. President Delano- de Franklin D. Roosevelt. Varios años antes de ser presidente de los Estados Unidos, a sus 39 abriles también contrajo polio. Los primeros síntomas acusaron una parálisis en sus piernas luego de haber estado todo el día anterior nadando como la Sirenita Ariel, con sus hijxs. A pesar de los tratamientos de rehabilitación, terminó sus días en silla de ruedas.

A diferencia del de Frida, este sufrimiento estuvo mejor justificado -vuelvo a pedirle disculpas, Mr. President- porque, como consecuencia, lxs niñxs de -casi- todo el planeta viven sin miedo a esta enfermedad: un virus que afecta principalmente a menores de 6 años, produce una parálisis irreversible en una de cada 200 personas que infecta y mata a entre el 5 y el 10 por ciento de ellas, por fallas en los músculos respiratorios. Bueno, otro día discutimos cómo el arte también salva vidas pero, por ahora, vamos a ser literales

Para cuando Franklin asumió la presidencia, en 1933, en el mundo había medio millón de casos nuevos cada año. Por obvias razones se puso la causa al hombro y transformó a la polio en el enemigo público number one. Como primer paso, creó una comisión para la investigación de la parálisis infantil que ideó un famoso baile de beneficencia. En su primera edición, bajo el lema de “Baila para que otros puedan caminar” -¡anotá Tinelli!- recaudó unos 700.000 dólares.

El ex presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt.

En 1938, esa comisión se convirtió en la Fundación Nacional para la Parálisis Infantil (NFIP, por sus siglas en inglés) y financió, a partir de entonces, numerosas investigaciones científicas, hasta desembocar no en una, si no en dos vacunas contra la poliomielitis, las mismas que se usan en todo el mundo hasta el día de hoy. Pero, atentxs, esta no es otra historia de pandemias y vacunas -aunque si les gustan de esas, también tenemos, acá-; este es el relato sobre un raid de robos y estafas del que constan muy pocos registros en la historiografía oficial. Como lo leen, a la par de la carrera a contrarreloj por encontrar la cura, se desató una ola delictiva sin precedentes y con lxs actores menos pensadxs.

La historia estaba, entonces, en el origen de la NFIP. Casi 15 años después, en 1952, la cosa seguía en veremos y el peor brote sacudió Estados Unidos, con el saldo de 58.000 personas afectadas y 3.145 muertos. Al año siguiente, muy oportuno, Jonas Salk presentó la primera vacuna. Había preparado una fórmula inyectable en base al virus inactivado con formol -muerto- y, a falta de mejores voluntarios, la había probado en sí mismo, su mujer y sus tres niñxs. “Estamos bárbaros”, habría dicho al Comité de Inmunización de la Fundación Nacional para la Parálisis Infantil. Sin embargo, los evaluadores no se mostraron muy confiados frente al peligro de usar un virus tan peligroso, por más muertito que estuviera.

Pero… la ciencia dice una cosa y la vida no siempre la acompaña. La emergencia no conoce de precauciones así que, desoyendo a la voz de la razón y con aprobación estatal, se avanzó con las pruebas de la vacuna de Jonas. Primero inocularon a niñxs internadxs en un psiquiátrico de Pensilvania -tampoco vamos a arriesgar todo de una-. Como salió bien, se hizo una convocatoria voluntaria a las familias estadounidenses y, así, casi dos millones de criaturas se ofrecieron gustosas para el progreso de la ciencia y el bien de la humanidad. Gracias totales.

Transcurridos algunos años, y con la vacuna aplicándose a mansalva, apareció Albert Sabin, alegando que tenía una idea mejor: una fórmula oral que, como se hacía en base a virus atenuado -no muerto-, tendría mayor efectividad y evitaría, no sólo los casos graves, si no también contraer la enfermedad aún de modo asintomático. Hay un detalle que quizás merezca ser mencionado antes de seguir. Este señor, Sabin, era uno de los miembros del Comité de Inmunización de la Fundación Nacional para la Parálisis Infantil que le tenía miedo al virus muerto de la vacuna de Salk. Parece que se envalentonó el muchacho, tanto tanto, que hasta lo dejó medio vivo en su nueva receta.

Para demostrar que no se andaba con chiquitas, también probó la vacuna en él mismo, sus familiares y lxs integrantes de su equipo de investigación. Y ya que estamos, por ahí cerca había una cárcel, vio luz, entró y lxs detenidxs también ligaron inmunización experimental no voluntaria. Pero… no alcanzó. “Mirá, Alberto, ya tenemos una que funciona, ¿para qué vamos a hacernos los innovadores?”. Así que, en 1957, el científico agarró sus petates, consiguió que el Ministerio de Salud de la Unión Soviética -en plena Guerra Fría- continuara las pruebas y demostró que la vacuna era segura, más efectiva y más fácil de administrar que la de su antecesor. Win-Win, nos subimos a la carroza y esta fórmula reemplazó a la anterior para ser utilizada a nivel mundial, con un éxito tal que en la actualidad la polio se perfila como la segunda enfermedad virósica que se erradicaría por completo de la faz de la Tierra.

Hay un dato extra que agiganta aún más la figura de estos héroes: ninguno patentó su vacuna: “¿Se puede acaso patentar el sol?”, declaró Salk al respecto. Aplausos y lágrimas emocionadas; broche de oro para la historia oficial de hombres que, con la bandera de bastones y estrellas flameando tras sus espaldas, vienen, gallardos, a salvar a la humanidad. Sin embargo la experiencia nos ha enseñado a desconfiar un poco de estas narraciones y, además… ¡acá prometieron una historia de crímenes! ¡Devuélvanme mi plata!

Bueno, parece ser -no, en realidad, es- que la vacuna de virus inactivado de Salk no era taaan original como pensábamos. Dicen las malas lenguas que se le olvidó reconocer una fuente de inspiración, lejana, tal vez: una tal Isabel Morgan. Esta investigadora y su equipo de la Universidad John Hopkins habían descubierto que el virus se transmitía por la vía digestiva -y no respiratoria como se creía-, y también habían encontrado que los chimpancés servían muy bien como modelo animal, porque reaccionaban casi igual que los humanos frente al virus. Pero además, oh sorpresa, Isabel había desarrollado varios años antes una vacuna inyectable, en base a virus inactivado con formol, con la que había logrado inmunizar a los chimpancés que inoculó. Qué coincidencia ¿no?

De todos modos, ella ya estaba acostumbrada a ser tratada como una dama en la academia: a pesar de sus títulos, logros y laureles, cobraba menos que sus compañeros -hombres, obvio- y las becas y subsidios eran otorgados, sin excepción, a ellos. “Que se vayan a freír churros” -habría expresado elevando uno de sus dedos- cuando en 1949, con sólo 36 años y en la cresta de la ola, se casó, abandonó el instituto y, al poco tiempo, también su carrera científica.

Pero volviendo a los extravíos de Salk, dicen los archivos olvidados en ningún lugar que tampoco se acordó de agradecer a la investigadora australiana Annie Jean Macnamara. Apenas un detalle: la científica había descubierto que el virus tenía tres variantes, las mismas tres variantes de virus inactivados que incluía la fórmula de la vacuna y por lo cual resultó ser tan efectiva. Tampoco hay por qué pensar mal, era un tipo distraído… Eso sí, no era el único.

Por su lado, Sabin -el evaluador que perdió el miedo- tenía su propia musa inspiradora: un científico de la industria farmacéutica llamado Hilary Koprowski -¡También, ¿para qué te ponés nombre de mujer?! No me dí cuenta, hermano…-. Resulta que en 1948 (siete años antes de que se aprobara la fórmula de Salk y catorce antes que la de Sabín), este investigador diseñó una vacuna oral en un laboratorio tan modesto que apenas se diferenciaba de una cocina casera. Y, para ser el primero, fue el primero en todo: se inoculó la preparación él mismo y, como le funcionó diez puntos, fue a presentarla al Gobierno estadounidense. Sin embargo, esta solución estaba diseñada en base a virus vivos y entonces no les pareció para nada segura (pero, ¿y Sabin?… misterios).

Tampoco los convenció en 1950, luego de inocular a 20 niñxs de una residencia para niños con discapacidad mental -como que estaba de moda ¿no?- con un éxito rotundo. Ni después de la campaña de vacunación de 1958 en algunos países de África. Para colmo de males, por esa campaña, en la década del ‘90, un periodista trasnochado de la revista Rolling Stone lo culpó de haber iniciado la epidemia de VIH.

Juicios, investigaciones judiciales y varios trabajos científicos de por medio, Koproswki logró demostrar que las acusaciones eran falsas. La revista imprimió una farsa de disculpa y, años después, el periodista publicó un best seller reafirmando su incomprobable sospecha. O sea que este buen hombre, Hilary, también puede ser considerado, tranquilamente, una de las primeras víctimas de las fake news y la infodemia.

Estampilla dedicada a Jonas Salk.

Aún hoy, su entrada a Wikipedia tiene sólo cinco líneas, tres de las cuales se encargan de seguir esparciendo y abonando ese rumor. Para qué vamos a leer papers si tenemos la Rolinston… Y las consecuencias son tremendas, no sólo para el damnificado directo: muchxs atribuyen el temor de algunxs ciudadanxs de países africanos a la vacunación justamente a estas versiones, al punto que en la actualidad se está dando un rebrote de la enfermedad en el cuerno de África, al Noreste del continente.

Entonces, volviendo a la vacuna de la polio de Koprowski, a pesar de que demostró ser efectiva y segura, y de haberse aplicado en muchos países, en Estados Unidos nunca fue probada ni aprobada. En 1960, Leroy Burney, General Surgeon de los Estados Unidos -el médico de todos, designado por el presidente, algo así como el Ministro de Salud-, famoso por ser el primero en denunciar la relación entre el tabaco y el cáncer de pulmón y pelearse a muerte con la industria tabacalera, preguntó quién había sido el avispado que dejó pasar el tren de esta manera. O, para decirlo de otro modo, luego de analizar todas las vacunas disponibles, se quejó amargamente por todas las vidas perdidas a causa de haber ignorado la formulada por Koprowski, hasta que apareció la de Salk o la de Sabin -que, con honestidad, era lo mismo-. “En fin, lo hecho hecho está, lo que pasó en Las Vegas queda en Las Vegas; esta vacuna queda en el olvido y no se habla más del tema”.

Hoy, en Georgia, Estados Unidos, un monumento con el amarillista nombre de Polio Hall of Fame, homenajea a las 17 personalidades que salvaron al mundo de la poliomielitis. Este grupo incluye a científicos de varias partes del mundo -entre ellos, obviamente Salk y Sabin-, dos políticos -uno de ellos, lógicamente, Roosevelt- y una sola científica: Isabel Morgan. Brillan por su ausencia Koprowski, la investigadora Anne Macnamara y la primera eminencia de Estados Unidos en polio, la persona que descubrió que era una enfermedad que afectaba al sistema nervioso y que, además fue la primera mujer que logró graduarse de médica en París: Mary Putnam.

Inauguración del Polio Hall of Fame (1958). De izquierda a derecha: Thomas M. Rivers, Charles Armstrong, John R. Paul, Thomas Francis Jr., Albert Sabin, Joseph L. Melnick, Isabel Morgan, Howard A. Howe, David Bodian, Jonas Salk, Eleanor Roosevelt y Basil O’Connor. Fuente imagen: U.S. National Archives and Records Administration, Public Domain (https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=17102770)

Por fortuna, a diferencia de Isabel Morgan, Koprowski no se quedó quieto ni se fue a su casa a cuidar niñxs, pues, aunque se llamaba Hilary, era hombre. Sus investigaciones siguieron, su laboratorio fue creciendo y los logros científicos no se hicieron esperar. El más célebre de sus éxitos fue la creación de dos células capaces de producir anticuerpos específicos para cáncer -el primero- y para un virus de influenza -el segundo-. Bueno, en realidad, crear no los creó. Más bien, tomando el ejemplo de sus antecesores, pero dando un paso más allá, sólo patentó lo que otrxs habían descubierto. Y ¿quién fue la víctima esta vez? Eso ya es otra historia.



Recomendaciones para seguir leyendo

¿Será casualidad que la mayor parte de las víctimas de esta historia hayan sido mujeres? Tenemos algunos argumentos para creer que no y, si te interesa el tema podés leer los artículos de Daniela Garanzini en Ciencia ATP, sobre el efecto Matilda y los sesgos de género en la academia.

Si te gustan las historias de vacunas y pandemias, te va a interesar el de Ciencia BLA sobre viruela y la historia de las vacunas, y también podés escuchar el Ranking Pandémico (Parte 1 y Parte 2) que hice para Divagaciones Científicas.

Sobre el escándalo de la vacuna de Koporowski y la pandemia de HIV podes leer el siguiente artículo: https://www.historyofvaccines.org/es/contenido/articulos/desmitificado-el-v%C3%ADnculo-entre-la-vacuna-contra-la-polio-y-el-vih

Y sobre Isabel Morgan, este otro: https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/6130/1/Feminismos_10_09.pdf

Mariela López Cordero
Comunicadora en Entre tanta ciencia | Ver más publicaciones del autor

Mariela López Cordero es comunicadora social, especializada en ciencia y tecnología e integrante de Entre tanta ciencia. Trabaja hace más de diez años buscando formas de conectar la ciencia con la sociedad y, desde 2012, es comunicadora en el CONICET. Disfruta particularmente explorando el vínculo entre comunicación científica y arte a través de cuentos infantiles, obras de teatro y podcasts. Curiosa desde siempre, encuentra en la ciencia un modo de ver el mundo que fomenta la crítica, la creatividad y, sobre todo, la duda. Convencida de que el conocimiento es poder, ve a la comunicación como una herramienta indispensable para la democracia.

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