Debuts eran los de antes

Ilustración: Jeremías Di Pietro

Maniobras desatinadas, vértigo, tiros que no dan en el blanco, cosquilleo, felicidad de púber… la primera vez tiene ese qué sé yo, ¿viste? Pasa en un primer encuentro amoroso, al inaugurar una columna para Entre tanta ciencia y también cuando, por primera vez en la historia de la humanidad, le inoculamos un agente infeccioso a una persona sana, para ver si así podemos acabar con una de las enfermedades más antiguas de las que se tiene registro. Eso pensaría un cuatro de copas, como quien les escribe, pero no sé si Edward Jenner, el padre de la inmunología, estaría de acuerdo. Me cuesta imaginar a este ser intrépido, original y -por qué no decirlo- un tanto irresponsable, con algún asomo de duda o temor en su primer pinchazo…Pero empecemos desde el principio.

En 1898, descubrieron en Egipto la momia del faraón Ramses V, que había muerto hacía unos 3000 años, en el 1142 a. C. La encontraron en un escondrijo dentro de la tumba de otro faraón más importante, luego de que su sucesor usurpara la que había construido para él, pero esa es otra historia. Gracias a la ya conocida habilidad para la momificación de este pueblo norteafricano, pudieron descubrir, entre otras tantas cosas, que el monarca había padecido viruela y probablemente esa haya sido la causa de su muerte.

Esta enfermedad era sumamente contagiosa y causaba, entre otros síntomas, unas pústulas muy características. Entre el 30 y el 50% de las personas que contraían el virus morían -sobre todo bebés y niñxs- y, la mayoría de quienes zafaban, tenían secuelas graves que iban desde deformaciones hasta ceguera. Conocida desde tiempos remotos y azotando sin piedad a los pueblos de Asia y Europa durante la edad Antigua y la Media, esta pandemia se llevó en el SXX unas 300 millones de vidas -hay quienes dicen que fueron 500 millones, pero, sólo en esta, vamos a quedarnos con los conservadores-.

La cuestión es que, sin vacuna, hoy tendríamos dos pandemias en lugar de una. Entonces, ¿cómo surgió este maravilloso invento? Con una receta bastante conocida: una taza de ingenio agudo, una taza de observación atenta, dos cucharadas de predisposición a tomar prestados saberes populares a gusto, una taza y media de inconsciencia frente a los riesgos de la experimentación in vivo y dejar reposar la mezcla al calor de un vacío legal de alta intensidad.

La historia es así: en 1720, Lady Montagu -mujer digna de conocer, googleenla-, viviendo en Turquía, porque su esposo era el embajador inglés de ese país, vio cómo inoculaban a personas sanas, con -ADVERTENCIA: la siguiente descripción puede herir la sensibilidad quien lee- pus de las llagas de enfermxs de viruela. Así, decían, habían logrado disminuir la mortandad, aunque no la diseminación de la enfermedad. Lady Montagu hizo lo que toda madre razonable hubiese hecho (?): probó la técnica con sus propixs hijxs. A pesar de que el experimento fue exitoso y la señora insistió en contarlo a los cuatro vientos, no era médica y, para peor, era mujer, entonces -no tengo pruebas pero tampoco dudas- la mandaron a lavar los platos.

Si bien la práctica comenzó a circular por los márgenes, hizo falta que un médico y científico inglés llamado Edward Jenner, casi 80 años después -en 1796- recogiera el guante y, tras algunos cambios, desarrollara la primera vacuna propiamente dicha. Resulta que Eduardito se dio cuenta que las mujeres que ordeñaban vacas y contraían una forma vacuna de la viruela -que era similar pero más leve y no letal- no enfermaban de la variante humana. De algún modo el haber tenido la viruela vacuna -de vaca, y sí, nos dimos cuenta, el nombre viene de ahí-, las protegía de la más grave. Tengamos en cuenta que, en aquel momento, poco se sabía acerca del sistema inmune y recién en 1899 se conocería la existencia de los virus. Entonces, se le ocurrió la gran idea de inocular con pus de las llagas de una mujer infectada con viruela vacuna… a un niño. Es que -el método científico ante todo-, había que controlar las variables, y tratar a alguien de corta edad reducía las posibilidades de que ya hubiese contraído la enfermedad, ya que casi todxs morían.

La picadura de la vaca (1802) sátira de James Gillray.

James Phipps, de 8 años, fue el primer vacunado contra la viruela por Jenner, contrajo viruela vacuna a causa del procedimiento y sanó. Luego, para comprobar la eficacia del desarrollo, el científico procedió a otro experimento con el mismo tenor ético y le inyectó la viruela posta. Claramente, esto no es para gente sensible. Afortunadamente James no se enfermó. Qué alivio. Y qué éxito rotundo. De ahí hasta Tinelli y el Maipo no paro: conferencias, charlas, exposiciones. Nada alcanzó para que la comunidad médica aprobara la práctica. Un solo ensayo no era suficiente, así que prepárense, porque la historia no termina acá

Como se imaginarán, Jenner no era de esquivarle al bulto, entonces lanzó una campaña experimental de vacunación con otrxs niñxs, incluyendo -y se pone cada vez peor…- a su propio hijo de apenas 11 meses. A pesar de que la comunidad científica no le diera el ok, se corrió la voz del éxito de la terapia y la gente comenzó a agolparse en la puerta de su casa para pedir que les administraran la vacuna. Y Eduardo, puro amor y generosidad, vacunaba sin ton ni son.

No habrá existido Canosa en aquel momento, pero, junto con la vacuna, aparecieron los antivacunas que se oponían y se burlaban del descubrimiento en cada diario, folleto y pasquín que podían. Y no habrán existido los hermanos Pauls, pero ya en aquel entonces las celebridades antivacunas hicieron su entrada triunfal. Leopold Mozart se negó a inocular a su hijo, el famoso Wolfgang Amadeus, contra la viruela -en honor a la verdad, con la técnica de Lady Montagu- porque consideraba que, si Dios había puesto tamaño prodigio sobre la tierra, no era para borrarlo de un plumazo con una viruelinha. Y creer o reventar, en 1767 Mozart -hijo- se enfermó de viruela pero se recuperó sin secuelas graves. Lxs amantes de la música clásica, agradecidxs.

La idea de la vacuna de Jenner pegó fuerte y hasta tuvo sus fans en otros países. Fue célebre el caso de Balmis y la primera campaña de vacunación intercontinental de la historia de la humanidad. Claro, me salté algo importante en el medio. Ya sabemos que la viruela se registró primero en el norte de África y después torturó durante siglos a Asia y Europa -tan conectadas por el comercio que no podían hacer un asado en Mongolia sin que lo olieran en Portugal-. Pero a partir del S XV, con la Conquista, viajó también hasta América. De hecho, hay un consenso casi unánime sobre que, en realidad, fue usada adrede como arma biológica, pero esa también es otra historia.

Volviendo entonces a la primera campaña de vacunación intercontinental, vemos una vez más como los grises -oscuros, casi negros- de la ética de la época permitieron algunas maniobras que hoy no pasarían por ANMAT, ni cerca. La Expedición Balmis -cuyo nombre oficial era Real Expedición Filantrópica de la Vacuna-, llevada a cabo entre 1803 y 1806 por España, se proponía mejorar la situación sanitaria de sus colonias a través de la aplicación de la vacuna de Jenner contra la viruela. Al planificarla se encontraron con un pequeño problema: la tecnología disponible no les permitía conservar la muestra durante el largo viaje en barco del Viejo al Nuevo Continente.

La solución fue simple: el envase del suero serían, nada más y nada menos, que 22 huérfanxs de la Casa de la Coruña -¡no de nuevo, decía!, qué manía con lxs niñxs…- a quienes fueron inoculando sucesivamente a lo largo del trayecto -de a dos, por si alguien perdía la muestra la vida- y, así, lograron conservar el agente infeccioso en funcionamiento. Al llegar a tierra, criaturas americanas fueron relevando a lxs coruñesxs y, luego, les sucedieron esclavxs de cualquier edad. Así la campaña pudo seguir hasta llegar a Filipinas y luego a China. Lo más lindo es que en la historiografía esto aparece como la primera acción humanitaria internacional. Sí, hu-ma-ni-ta-ria.

Campaña Vacunación (Colombia, 1962) Fuente imagen: OMS.


Argentina -el Virreinato del Río de la Plata, para ser más exacta- no tuvo la suerte de ser una de las beneficiarias ya que las dosis que le tocaban se extraviaron no se sabe cómo ni dónde. Sin embargo, un barco esclavista en 1805 que llevaba a cabo el incipiente negocio farmacéutico por su cuenta sí hizo llegar hasta Buenos Aires algunxs pequeñxs portando la vacuna en sus cuerpos. Gracias a esto, el Virrey Marqués de Sobremonte, fuerte defensor de la técnica, se encargó de fomentar la vacunación en todo el territorio, comenzando por su propia hija.

Esta hermosa (?) historia es para que veamos la luz al final del túnel. No todas son malas noticias cuando de pandemias se trata. Gracias a este bajón sanitario la humanidad conoció las vacunas. Y gracias a las vacunas, a la Organización Mundial de la Salud y a Rusia, este fue el primer y único virus humano erradicado de la historia. Es que, en 1958, la URSS propuso a la OMS una campaña para terminar con esta enfermedad, para lo cual, lógicamente, había que eliminarla de todo el planeta. Así, tras una intensa campaña de vacunación a nivel mundial, casi 20 años después, en 1977 se registró en Somalía el último caso de infección natural y en 1978 hubo uno más, artificial, de lx empleadx del mes de un laboratorio inglés que se lo pescó haciendo quién sabe qué.

Finalmente, en 1980, la OMS declaró a la viruela oficialmente erradicada y, por las dudas, Rusia y Estados Unidos se quedaron con un ejemplar del virus congelado cada uno, que se suponía destruirían en 1993. Cuando llegó el momento y habiendo dejado atrás la Guerra Fría, los mandatarios de ambos países se hicieron los sota y decidieron conservar el bicho como a Walt, “no sea cosa que se desate el carnaval virológico y nos agarre sin bombuchas”.

Mariela López Cordero
Comunicadora en Entre tanta ciencia | Ver más publicaciones del autor

Mariela López Cordero es comunicadora social, especializada en ciencia y tecnología e integrante de Entre tanta ciencia. Trabaja hace más de diez años buscando formas de conectar la ciencia con la sociedad y, desde 2012, es comunicadora en el CONICET. Disfruta particularmente explorando el vínculo entre comunicación científica y arte a través de cuentos infantiles, obras de teatro y podcasts. Curiosa desde siempre, encuentra en la ciencia un modo de ver el mundo que fomenta la crítica, la creatividad y, sobre todo, la duda. Convencida de que el conocimiento es poder, ve a la comunicación como una herramienta indispensable para la democracia.

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