Sin mandatos: irrupciones de los ´70


El clásico currículum de la doctora Liliana Córdoba -infaltable en cualquier nota de divulgación científica que se precie de tal- diría, seguramente, que es investigadora, profesora y secretaria de Investigación de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba. También que co-dirige el Programa de Estudios en Comunicación y Ciudadanía del Centro de Estudios Avanzados de la misma Facultad. Seguramente, el CV agregaría que sus investigaciones se abocan a pensar a la ciudadanía en la comunicación, el lugar de los medios y los procesos de mediatización, fundamentalmente en términos culturales y políticos.

Pero Lili no es sólo eso. Es madre, compañera, militante, amiga, una persona siempre dispuesta a dar una mano. Lili es, también, hija de militantes de Montoneros, víctimas de la dictadura genocida que comenzó hace exactamente 45 años, el 24 de marzo de 1976. Su papá, César Córdoba, era un estudiante de Medicina que decidió abandonar su carrera para unirse a la fila de los trabajadores de Perkins (una fábrica de motores que funciona, aún hoy, en Córdoba) y continuar desde allí su militancia. Fue asesinado en marzo de 1977 por los militares. Nidia Piazza, su mamá, fue estudiante de historia y también dejó inconcluso ese camino para entregarse de lleno a la militancia. Fue una presa política desde 1977 hasta 1985. Lili y sus dos hermanas -la menor, nacida en cautiverio-, pasaron su infancia al cuidado de su tía Chiquita, en una suerte de exilio interno en Santa Rosa de Calamuchita, localidad ubicada en las Sierras de Córdoba.

¿Cuánto influyen las historias de lxs científicxs -propias y de quienes lxs antecedieron- en sus vocaciones, en los rumbos teóricos y las opciones que toman a lo largo de su carrera? Fue la inquietud que encendió este relato. “En mi caso, no sé si influyó de manera directa. Creo que este interés por la cuestión política, la sensibilidad social, que te duela la injusticia, seguramente viene de ahí. También la preocupación por la sociedad en la que una vive y por aportar para que sea mejor. Incluso con todo lo que ha significado para mí tomar ese legado sin que sea un mandato, trato de estar así en la vida y estoy muy orgullosa de que mis hijas hoy también tengan esa marca”, es lo primero que responde, mirando hacia arriba, como encontrándose con una pregunta no del todo resuelta.

Y es que acaso buscar respuestas nos lleve a tirar de los hilos que conectan pasado y presente, que se trenzan, se enmarañan, se entraman y forman, una y otra vez, nuevos tejidos. Quizás no hayamos conseguido una respuesta definitiva, tal vez no la haya, tal vez haya muchas que corren en paralelo, se cruzan o se superponen. Varios de esos ensayos de respuesta están, hoy, entrelazándose en este relato.

Los inicios

“Para mí, la escuela y la lectura fueron dos grandes espacios de conocimiento, de recreación, de apertura a otros mundos posibles y, hasta te diría, de cierta evasión de la realidad -cuenta Lili con una sonrisa-. Era muy buena alumna y, a pesar de venir de una familia trabajadora, en la que no había graduados universitarios, para mí la universidad siempre fue un horizonte posible y deseado. Gracias a que era pública, pero, también, al constante estímulo de mi tía Chiquita, que veía en la educación superior un medio de ascenso social. Ella siempre me incentivó y me apoyó en todo lo que quise emprender. Siempre nos hizo sentir, a mis hermanas y a mí, que podíamos ser lo que quisiéramos. Cursé toda mi escuela primaria y secundaria en colegios públicos, donde tuve maestras y profesores que alimentaron mi curiosidad y mi pasión por el conocimiento”.

Altar en la casa de Lili por el día de la muerte de César. «Lo hacemos cada año con mis hijas, para recordarlo, traerlo al corazón, y que su luz nos siga acompañando». Fuente imagen: gentileza Liliana Córdoba.


Sin embargo, la carrera científica no se presentó como obvia ni se dio de una manera lineal. La vocación no estaba clara desde siempre, como suele ocurrir y, de hecho, cursó Matemáticas antes de estudiar Comunicación Social.

Lili hace una pausa y cuenta, como repensando la pregunta inicial: “Hace dos años me enteré que mi papá también había sido alumno de Comunicación y nadie lo sabía. Fue muy fuerte porque yo participé en dos oportunidades en la Comisión de la Memoria de la Facultad y nunca apareció su legajo. Pero una profe me decía: ‘Estoy segura que tu papá estaba en Comunicación porque yo militaba en la Juventud Universitaria Peronista y él era mi responsable político ¡Era muy lindo!’. Así que, por insistencia de ella, seguimos buscando hasta que aparecieron unas cajas que nunca se habían abierto. Y ahí estaba: en el ´72 se había anotado en Comunicación. Me impactó mucho, pero la realidad es que no tuvo que ver con mi elección”, aclara.

La carrera la apasionó y le permitió conectarse con personas que la marcarían a lo largo de toda su trayectoria: profesores, compañeros de cursada y de militancia. Entre estas influencias la más destacada sea quizás la de María Cristina Mata,  una de las fundadoras de los estudios de la Comunicación en América Latina. “Es una referente, tuve el privilegio de ser primero su alumna, luego su ayudante de cátedra y después parte de su equipo de investigación. La propia historia de Marita como exiliada y militante hizo que tuviéramos una afinidad que iba más allá de lo estrictamente académico y creo que para mí eso fue fundamental”, narra Lili y el cariño rebasa sus palabras.

Pero tampoco entonces tenía del todo claro si quería dedicarse a la investigación científica: había una dualidad nada fácil de resolver. “Cuando me recibí -rememora- estaba en un momento de una militancia muy activa y territorial y no encontraba cómo compatibilizar eso con la vida académica”. En 2004, la maternidad, la necesidad de estabilidad y los cambios estructurales llevados a cabo por el gobierno de Néstor Kirchner en el CONICET, definieron la trayectoria de Lili que iniciaría su carrera científica para no abandonarla.

“Tuve muy buenos profes en la facu, siempre me gustó mucho la teoría y me gustaba estudiar. Pero Marita fue mi gran maestra y amiga, fue quien realmente me abrió las puertas del mundo de la investigación.  Por ella supe que quería dedicarme a esto. En ese equipo, y bajo su dirección, se construyó esta línea de investigación en la que hoy sigo trabajando, que estudia a la comunicación desde una clave política, en relación a la ciudadanía, el espacio público y la mediatización. Allí me fuí encontrando con la pregunta por el derecho y el valor de la palabra y la información en nuestras democracias, desde una perspectiva crítica a las desigualdades y al capitalismo. Tratando, además, de contribuir a una sociedad más justa, donde el derecho al decir, al saber, al nombrarse y ser nombrado, también tengan un lugar en términos de igualdad. Y pensando un modo de hacer investigación donde la producción de conocimiento esté siempre entramada con lo social y la transformación de esa sociedad.”, describe Lili.

Héroes, mártires y villanos: la construcción de sentidos hegemónicos

El 9 de marzo de 1977, César Córdoba estaba en un bar con un compañero, en plena ciudad de Córdoba. En ese momento, un comando militar lanzó una redada muy cerca del bar, y al pasar por allí, lo identificaron y le dispararon. Mal herido, César dio vueltas por la ciudad hasta llegar a su casa, donde estaba su compañera y su hija mayor, Lili. Allí evaluaron juntxs la situación y decidieron no acudir a ningún hospital, porque eso ponía en riesgo la vida de toda la familia, incluida la de César, a quienes los militares buscaban por toda la ciudad. Al día siguiente César falleció y fue enterrado en el patio de la misma casa donde murió.

Lili durante un escrache en los años ’90. Fuente imagen: gentileza Liliana Córdoba.


Desde el inicio, Lili pudo vivir en carne propia cómo lo que muestran los medios hegemónicos construye sentidos e interpretaciones que nos marcan como individuos, como comunidades y en el modo de vincular a estos dos. “El caso de mi viejo fue muy mediático y este año quizás vuelva a serlo porque probablemente se eleve a juicio. Los militares lo usaron mucho para hacer ‘propaganda anti subversiva’, como la llamaban, y fue tapa de diarios en diferentes momentos. Un mes después de la muerte de mi papá, detuvieron a mi mamá y los milicos hicieron una conferencia de prensa en el lugar, bajo el relato de ‘no es verdad que haya desaparecidos, se matan entre ellos, como esta mujer que mató a su marido’. De hecho, mi mamá estuvo con consejo de guerra -o sea, juzgada por un tribunal militar-, presa hasta el ´85 y recién en el ´87 fue absuelta por esa situación. Fue muy duro todo eso, para ella y para la familia”, relata Lili.

Con esa historia a cuestas, la tía Chiquita se fue con las tres nenas pequeñas a vivir a un pueblo serrano, donde no siempre fue fácil sobrevivir a la soledad, el miedo y los estigmas. “Poder entender el miedo y el silencio de la sociedad en esos años, vivirlos sin enojo, sin resentimiento, es algo que pude hacer de más grande. Y eso tuvo mucho que ver con mi militancia en H.I.J.O.S, que fue sanadora en muchos sentidos: poder hablar de nuestra historia libremente, de un modo menos estigmatizado y encontrando hilos comunes con las historias de otros”, cuenta. Así, Lili se enfrentó a cómo el visibilizar las historias silenciadas es hacer efectivos los derechos más básicos, a poder decir y, también, a poder saber. Pudo palpar cómo restituir esos discursos que faltan y que contradicen al sentido instituido, es también un modo de cambiar el mundo.

Y estos sentidos instituidos permean todas las esferas de la vida, se cuelan hasta en los lugares menos pensados. “Cuando preguntábamos, desde chiquitas, por qué les había pasado esto a mi mamá y a mi papá, mi tía nos decía ‘Porque ellos no quieren que haya chicos pobres’-relata Lili-. Era una linda respuesta, pero la primera vez que la dije en público, me acuerdo, en primer grado, se me burlaron: ¡Pero si los que están presos son los malos!’. Y recuerdo que había maestras que intentaban protegerte de la maldad y el miedo de otros adultos, pero otras que no, a las que les gustaba ejercer el poder en el aula para señalarte con el dedo”, cuenta Lili. Así, conceptos teóricos que algunos estudiantes aprenden de los libros, como que el saber y el poder van de la mano, que el modo hegemónico de interpretar el mundo moldea las relaciones humanas y que, también, determina qué palabras se pueden decir y cuáles se deben callar, fueron para Lili una realidad insoslayable.

Hilos internos que entraman con sentidos externos

«Hay un conjunto de luchas que estamos dando, de búsquedas y caminos que nos desafían a mí y a tantos otros, que están asociadas a las búsquedas de mis viejos».

Liliana Córdoba
Investigadora de la UNC e hija de militantes montoneros

La interpretación de la historia reciente nos lleva muchas veces a una ineludible sensación de derrota. A la conciencia de la pérdida de ese modelo de sociedad por el que dio la vida gran parte de una generación. Nos faltan los 30.000 y nos falta también el mundo que habrían hecho posible. “Durante mucho tiempo vivimos todo eso como un efecto de la derrota -concuerda Lili-. Es muy duro construir desde ahí, porque una se siente viviendo una vida que no es la mejor posible, sino que te quedaste con el saldo negativo de lo que pasó”.

Pero, desde afuera, la historia de Lili recuerda a los aromitos, esos árboles autóctonos de las sierras cordobesas que se multiplican a través de retoños que crecen desde sus raíces. Irrumpiendo desde lo subterráneo cuando y donde no se lo esperaba, perfumando todo a su alrededor. “Yo creo que hoy, como sociedad, estamos mirando esto como parte de un aprendizaje y me siento parte de un grupo que, en los ‘90, cuando parecía que estaba todo derrotado dijo ‘No’ de distintas maneras. Pudimos sostener una llamita que hoy se va encendiendo de otras formas. Mi trayectoria académica está muy marcada por ese contexto de época, y para mí fue clave entender el lugar de la universidad y la producción de conocimiento como parte de esa disputa”.

Carta para Lili, de parte de su mamá, Nidia, que se encontraba detenida por razones políticas. Fuente imagen: gentileza Liliana Córdoba.


Entonces, de alguna forma, lo que era el final se vuelve, una vez más, principio, y las preguntas se hacen presentes de nuevo: ¿Cuánto influyen las historias de los científicos -propias y de quienes lxs antecedieron- en sus vocaciones, en los rumbos teóricos y las opciones que toman a lo largo de su carrera? Lili fue esa niña que tuvo que aprender que hay palabras que no se dicen, que hay voces que no aparecen en los medios, que hay historias que no se cuentan -o, peor, que se cuentan mal-, que hay modelos de sociedad que no se muestran en la pantalla. Y Lili es hoy esa investigadora que, justamente, dedica su vida académica a visibilizar las desigualdades en el acceso a la palabra y la información y busca, así, modos de contribuir a la construcción de una sociedad más justa y plural.

Y entonces la pregunta inicial se hace otra, en la sospecha de que las tramas no se tejen de modo lineal ni absoluto ¿Hay realmente un hilo que une la historia de Lili, su modo de hacer con esa historia y una trayectoria que intenta, desde un lugar quizás impensado -como el estudio de la comunicación y la ciudadanía- revertir una parte de esa matriz que posibilitó aquel horror y aún sigue vigente, pero desde una actitud propositiva?, ¿Hay coherencia explicativa, es una especie de revancha del destino o es simplemente el agregado de una interpretación externa?

“Siempre somos un poco lo que creemos que somos y otro poco lo que los otros ven que somos, así que así tomo estas conexiones que surgen ahora y no venía pensando. Y creo que sí, que hay conexiones. Sin la linealidad en la que en algún momento pensé que debían tener las cosas. Tengo un pasado, una historia personal de la que no reniego, que es parte de mí, que llevo acá (y se toca los hombros), que está conmigo, y con la que voy hacia adelante”, afirma. Y sigue: “En ese sentido creo que, quizás sin las apuestas mayúsculas de las grandes palabras, como la REVOLUCIÓN, el SOCIALISMO, la entrega absoluta por una causa en el TODO o NADA, hay un conjunto de luchas que estamos dando, de búsquedas y caminos que nos desafían a mí y a tantos otros, que están asociadas a las búsquedas de mis viejos y de tantas otras personas, por un mundo más justo, menos desigual, más amoroso y respetuoso. Me siento orgullosa de ese legado y trato de actualizarlo y darle mi impronta en cada trabajo de investigación que emprendo, en cada clase que preparo y en cada proyecto que construyo junto a otros”, cierra Lili sonriendo.

Mariela López Cordero
Comunicadora en Entre tanta ciencia | Ver más publicaciones del autor

Mariela López Cordero es comunicadora social, especializada en ciencia y tecnología e integrante de Entre tanta ciencia. Trabaja hace más de diez años buscando formas de conectar la ciencia con la sociedad y, desde 2012, es comunicadora en el CONICET. Disfruta particularmente explorando el vínculo entre comunicación científica y arte a través de cuentos infantiles, obras de teatro y podcasts. Curiosa desde siempre, encuentra en la ciencia un modo de ver el mundo que fomenta la crítica, la creatividad y, sobre todo, la duda. Convencida de que el conocimiento es poder, ve a la comunicación como una herramienta indispensable para la democracia.

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