Que las hay, las hay

Ilustración: Jeremías Di Pietro.


Sí, voy a dejarme llevar por el espíritu jalouinense ¿Voy a dejar en suspenso todas mis ideas de soberanía para subirme a la ola de celebración de una temática que, en este hemisferio, no nos toca ni de costadito? Si y no. Porque es cierto que la celebración de la noche de todos los santos se convirtió lentamente en la “Noche de Brujas”, que nos suena muy lejano. Pero justamente ahí es a donde quiero llegar, a hablar de brujas, para contar que, en realidad, tiene mucho más que ver con nuestra historia de lo que pensamos. No desesperéis, mientras revuelvo el caldero te cuento porqué tiene sentido hablar de ellas en una columna de ciencia y género antipatriarcal.

Lo primero es lo primero; vayamos a ver de dónde sale el término BRUJAS. En inglés, la palabra witch tiene un origen muy hermoso y contrario al que siempre nos han enseñado, pues deriva de wise woman que significa, nada más y nada menos, que “mujer sabia”. En español, el origen está un poco más enmarañado, pero, quienes saben, dicen que podría haberse originado del latín voluxa, que vendría siendo algo así como “la que vuela”, y ya veremos si así era… La cuestión es que, ya desde el nombre, parece que el concepto que nos vendieron sobre mujeres horribles, resentidas y malvadas, feas y que devoraban bebés, no tiene nada que ver con lo que en realidad eran: un grupo de personas con muchos saberes.

Las brujas sabían tanto que eran parteras, curanderas, herbolarias. O, dicho de otro modo, sabían sobre el cuidado de la naturaleza y del cuerpo, propio y ajeno. Claro, esto ya era un problema, porque rivalizaban con quienes tenían y construían el conocimiento hegemónico, el legítimo, que eran TODOS HOMBRES, ya sean clérigos o laicos. Por ejemplo, sólo podían utilizarse aquellas plantas a las que se les hubiera reconocido un poder divino. ¿Adivinen quienes otorgaban esa categoría? Sí, los curas, que podían recolectarlas y estudiarlas.

Bueno, también los médicos podían manejar el “yuyerío” -ahí no había problema con la divinura- y para muestra un botón, que en este caso viene ilustrado con obra de arte. Resulta que, allá por 1780, el decano de la Universidad de Oxford sufría de hidropesía -acumulación de líquido en los tejidos- y nadie le encontraba la vuelta para curarlo. William Whithering, un reconocido médico de la época, se enteró que una vecina, llamada Mamma Hutton o “Bruja de Shropshire”, curaba dolencias de ese tipo con recetas naturales. Se acercó a Hutton, habló con ella y ahí se enteró que el uso de Digitalis purpurea– una planta conocida como dedalera- podía dar solución a ese tipo de enfermedad coronaria.

Intercambio de oro por la receta, cuadro de William Prince.

Con ese datazo vuelve a su laboratorio, arma un preparado y salva al decano. Y, ya de paso, publica un libro sobre el uso de esta planta en enfermedades coronarias en 1785. En el mismo dice que “fue convocado para dar su opinión sobre el secreto guardado por una mujer anciana de Shropshire”, pero el pobre hombre no tuvo tiempo de preguntarle el nombre como para dar un justo reconocimiento. Así fue como pasó a la historia como “Bruja de Shropshire”, que, además, inspiró el cuadro de William Prince “Intercambio de oro por la receta”. Cualquier parecido con el Efecto Matilda es pura coincidencia.

Marginadas, empoderadas y perseguidas

Pero volvamos a las brujas en general. Contrario a lo que nos muestran los cuentos y relatos populares, estas señoras estaban organizadas, pero lo que sí coincide es que no eran para nada sumisas y su forma de vivir las llevaba a ser independientes. Al poder cosechar su propio alimento, cuidar sus cultivos, crear sus medicamentos y decidir cuándo maternar y cuándo no, se las empezó a mostrar como rebeldes “fuera del sistema”. Y ahí arranca el problema. Porque el feudalismo estaba en crisis y la casta trabajadora estaba harta del maltrato de parte de los nobles y reyes.

El trabajo era mucho y los recursos eran pocos, o como diría la canción: “Las penas son de nosotrxs, las vaquitas son ajenas”. Las vaquitas y algo más. ¿Escucharon hablar del derecho de pernada? Consistía en que el dueño del campo (un noble o comerciante) tuviera derecho a la noche de bodas con la novia. Sí, así como lo lees… los cuerpos eran también territorio del patrón. Imaginate si esa gente no iba a estar repodrida de los abusos de los poderosos. Tanto tiraban de la soga que campesinos y campesinas empezaron a protagonizar revueltas y de ahí la crisis del sistema.

En medio de ese caos, comienza a surgir un nuevo sistema, mucho más conocido para nuestra generación, que necesitaba un control todavía mayor sobre los cuerpos y las familias, aunque respondiendo a un modelo bien diferente: hablamos del capitalismo. Pensemos que, durante el feudalismo, las etapas vitales y la organización familiar no eran como las conocemos ahora. La niñez, la adolescencia, el casamiento, la lactancia eran otra cosa. No existía la idea de infancia como hoy: ni bien había fuerza en los brazos se trabajaba, de sol a sol, las familias crecían por añadidura, eso del “casado, casa quiere” no existía. Esos agrupamientos de personas podían ser subversivos, había que segregarlos y dar condiciones suficientes para que trabajen sin tener tiempo de reclamar.

No es novedad lo que digo, el capitalismo requería de obreros en actividades productivas, que estuvieran alimentados y cuidados. Pero, también, mujeres que parieran y mantuvieran a ese obrero en condiciones y realizaran tareas re-productivas. Ojo, no digo que las mujeres sólo debían reproducirse -que sí tenían que hacerlo- sino que también debían realizar quehaceres que día a día se renovaban y por las que no se percibe una compensación económica. Además, obviamente que cada familia ganara lo suficiente para consumir. ¡Para sostener al sistema, vió!

Así surge la necesidad de familias nucleares, que provean de obreros al sistema y que consuman bienes. Con ese panorama, estas mujeres herejes y desobedientes que se animaban a vivir solas, a trabajar la tierra, a producir su propio alimento, a cuidar sus cuerpos y a no depender de maridos ni patrones, eran un problema. Así es que, si bien en la biblia no se nombran a las brujas, existían leyes que condenaban a pagar multas a quien realizara actos de hechicería.

Seamos realistas, la imagen de personas con poderes sobrenaturales ya existía, pero hubo dos hechos que cambiaron el panorama para las mujeres independientes. En 1362, el Papa Juan XXII emite una bula pontificia (como un decreto, pero de curas) en la que anima la persecución de las brujas y, en 1487, la situación empeora porque se publica el Maleus Maleficarum (que significa “el martillo de las brujas”) en Alemania, que establecía cómo identificarlas y cazarlas (obvio que no eran métodos amorosos). Planteaba que toda acción realizada para dañar objetos y cosas era una brujería y, por ende, un crímen contra Dios, la Iglesia y el Estado. Y eso lo definían los jurados, formados por clérigos.

Si alguien era sospechadx de hechicería, se lx enjuiciaba, cajones con clavos y otras torturas, fuego, horca, y a otra cosa mariposa. Si no confesaban por las buenas, lo hacían por las malas. También se apelaba a que la sociedad denunciara a las personas, pero no era tan sencillo que las personas mandaran al frente a sus vecinas, porque muchas veces recurrían a ellas para solucionar problemas cotidianos e incluso para comprar alimentos y bebidas.  Así que, lo que hicieron los estados europeos fue lo que podemos pensar hoy como la primera campaña de propaganda multimedia, a través de panfletos y listas sugeridas de posibles brujas en cuanto poblado se cruzaran.

La intención era romper el tejido social y eso se lo discuto a quien sea, porque mirá lo que hacían: esta gente circulaba esa lista de potenciales brujas y, si vos no corroborabas ese dato, entonces se asumía que quizás eras vos el que le rendía culto al demonio y entonces te condenaban a la hoguera. Era un sálvese quien pueda, y de quien debías de salvarte era, nada más y nada menos, del Estado, a uno y otro lado del océano.

Sí, la caza de brujas fue traída en barcos para este lado. Es emblemático el caso de las Brujas de Salem, pero hay otras también importantes y olvidadas. Silvia Federici analiza este fenómeno de manera detallada enEl Calibán y La Bruja, y señala que la caza de brujas fue imprescindible para la colonización y expropiación de tierras, tanto en América como en Europa. De ahí que este proceso fue llevado en buena parte por los Estados y no sólo por la Iglesia Católica. Y lamentablemente, hablamos de brujas, porque el 85 por ciento de las personas perseguidas y asesinadas por este motivo, entre el siglo XV y el XVII, eran mujeres.


Te recomiendo efusivamente ese libro. Eso sí, te advierto, después de leerlo no volvés a sentirte igual. Porque hablamos de entre 60 mil y 2 millones y medio de personas (según quién brinde el dato) que fueron borradas de la historia y en los libros aparece sólo como una anécdota. Pensemos que, siendo optimistas y considerando que sólo fueron 60000 personas, estamos hablando de condenar a la hoguera y otras torturas previas a toda la población de Villa Carlos Paz… sin embargo, es algo que sólo figura en los libros son un recuadro pequeño y con suerte una carilla ¿Por qué? Bueno Federici plantea que esto demuestra que la historia fue escrita por los vencedores, como decía la canción.

Pero, más allá del análisis contextual, ¿hay algo de verdadero en esa imagen de brujas que nos vendieron? ¿Qué tienen que ver las escobas, el sombrero y el gato? ¿Por qué se asocian a la oscuridad y los cementerios? ¿Posta volaban en escoba? Sí a todo y te lo voy a contar rápido, porque todas estas preguntas tienen una respuesta científica.

Imaginá conmigo, dale, vaiajamos en el tiempo y nos vamos a una aldea donde no hay agua potable, aún. Para no enfermarse de cólera, lo mejor era asegurarse de que lo que tomaras no tuviera ningún patógeno. Qué mejor que una buena bebida fermentada, una espumante y fresca cerveza, por ejemplo. Bueno, muchas de estas maravillosas mujeres comercializaban birra y, para hacerlo, tenían su propio marketing de venta, se ponían esos sombreros característicos para ser fácilmente identificadas en las ferias ¿Y si alguien quería hacer take away? La escoba en la puerta de la casa indicaba que allí se vendía bebida. ¿Y el gato? Para ahuyentar alimañas de la casa y el huerto (porque eran re huerteras).

¿Pero andaban en los pantanos y los cementerios? Te conté que eran herbolarias, y eso las relaciona directamente con estos lugares porque la presencia de materia orgánica -que abunda en esos parajes- aumenta los niveles de nitrógeno en el suelo y eso hace que las plantas crezcan bárbaras. Por eso no era raro encontrarlas rondando por ahí buscando “yuyitos”. No sé si iban de noche, eso lo dejo a tu criterio.

Ok, ok, todo tiene explicación al final, pero vamos a lo más importante ¿volaban o no volaban? Sí, volaban. La escoba, además de indicar la venta, era también una forma de divertirse. Se diceeee que en el palo untaban exudados de sapos y plantas que producían alucinaciones. Y para consumirlos debían poner esa sustancia en partes bien irrigadas del cuerpo: la boca, los ojos, la vulva, el ano… ¿Adivinen qué preferían frotarse? Si, ahí, se subían a la escoba y de ahí que se pensara que se elevaban, en realidad entraban como en un trance, no se despegaban del piso, pero se pegaban ALTO VIAJE.

Ahora que ya sabemos que las hay y que, si vuelve la inquisición, estamos de su lado ¿Viste?, la celebración de la Noche de Brujas no era tan lejana como pensábamos. No sé a vos, pero a mí me entraron unas ganas de celebrarla…¡¡¡jijijijiji!!!

Daniela Garanzini
CCT CONICET Mar del Plata | Ver más publicaciones del autor

Dani Garanzini es marplatense por adopción. Estudió Biología y trabajó en ciencia de laboratorio durante más de 10 años. El teatro, la docencia y la comunicación empezaron a ganar terreno en su vida cuando promediaba el doctorado en Ciencias Biológicas. Ese mismo camino le enseño que la ciencia no sirve si no se comparte y, así, se sumergió en el mundo de comunicar la ciencia a tiempo completo. Tarea que hoy realiza en diferentes formatos y plataformas, con tantas ganas como errores, pero con la convicción de que la comunicación de la ciencia es un puente inevitable e imprescindible.

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