Plutón, un planeta con pies de barro

Créditos imagen: NASA-JHUAPL-SWRI


Por Facundo Rodríguez (especial para Entre tanta ciencia)

En 2006, se generó una nueva categoría astronómica: “planeta enano”. Y Plutón fue incluido en esa nueva definición. De golpe, nuestro sistema dejó de tener nueve planetas y pasó a tener ocho y varios enanos. La noticia recorrió el mundo. El Sistema Solar es lo que más se enseña de Astronomía en las aulas, desde la primaria hasta la Facultad, entonces, casi todo lo que sabíamos del Universo se desmoronaba. Mucha gente sigue preguntándose qué le pasó a Plutón… tal vez nunca fue un buen candidato…

Los primeros errantes

En la Antigüedad, ya se conocían cinco objetos que se desplazaban en el cielo de una manera muy diferente a la de las estrellas: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Este comportamiento, poco predecible para la época, hizo que se los llamara “astros errantes” y ese es el significado de la palabra “planeta”.

Con muchos detalles que no vienen al caso, se fue aceptando que la Tierra era un planeta más y así la cuenta daba seis… Luego, con la ayuda de un telescopio, en 1781 el británico William Herschel descubrió el séptimo planeta. En realidad, “descubrió” es mucho decir porque se lo conocía de antes, pero había sido catalogado como una estrella. Se lo llamó Urano para seguir con la tradición de que estos objetos tuvieran nombres mitológicos. Sin embargo, todos los demás eran dioses romanos y a este se le puso un nombre griego.

En esas andábamos en la primera mitad del siglo XIX, cuando comienza la historia de Plutón -o, al menos, de nuestra historia con él-. A partir del estudio de la órbita de Urano, se predijo la existencia de Neptuno -seguimos con los dioses- y se lo descubrió en 1848. Sin embargo, había algo que no cerraba del todo: algunas alteraciones en la órbita de Urano hacían pensar que tenía que haber otro cuerpo más allá de Neptuno.

Durante algunos años, entonces, tuvimos un Sistema solar con ocho planetas reconocidos como tales y no nos preocupó mucho hasta que, en 1906, el astrónomo estadounidense Percival Lowell comenzó la búsqueda de lo que denominó “Planeta X”. Lowell tenía gran renombre y aunque algunas de sus ideas no serían muy convencionales hoy -por ejemplo, apoyaba la teoría de que, en Marte, había canales artificiales construidos por seres inteligentes-, en su época, era todo bastante especulativo así que este tipo de elucubraciones no llamaban la atención. El astrónomo estadounidense logró que algunos colegas se unieran a su búsqueda y llegaran a sugerir posiciones para este cuerpo celeste. Lo buscaron sin éxito hasta 1916, año en que Lowell falleció.

Así seguimos unos años pensando que nuestro sistema tenía ocho de estos “astros errantes”, pero ya no con tanta tranquilidad. Había quedado rondando la idea de que había algo misterioso oculto entre las sombras cósmicas. Entonces, en el observatorio fundado por Percival se retomó la búsqueda, y, en 1930, en medio de la megacrisis económica estadounidense, uno de los trabajadores del Observatorio Lowell, llamado Clyde William Tombaugh, anunció el hallazgo del Planeta X.

Plutón, en su máximo esplendor. Crédito: NASA/Johns Hopkins University Applied Physics Laboratory/Southwest Research Institute/Alex Parker.


Al parecer, la crisis del ‘30 hizo que se recibiera la noticia con entusiasmo y que nadie lo pusiera en duda. Se realizó un concurso para nombrarlo, y quienes trabajaban en el Observatorio Lowell votaron entre los que tenían más aceptación: Minerva, Cronos y Plutón. Por unanimidad ganó Plutón, que había sido propuesta por una niña de 11 años, en honor al dios romano del inframundo. La verdad es que el nombre fue apoyado principalmente porque comenzaba con las iniciales de Percival Lowell y ya lo habían comentado antes de la votación, así que fue una mera formalidad. De esta manera, los confines de nuestro sistema planetario quedaron gobernados por este flamante noveno planeta.

Ascenso y caída

La noticia de este nuevo planeta rápidamente se esparció por todo el globo y Plutón se convirtió en una celebridad. Incluso, ese mismo año, apareció un nuevo personaje de Disney que, con el tiempo, tomaría el nombre de Pluto (Plutón en inglés). No está confirmada la conexión, pero nos da una idea de cuánto se habló de este nuevo planeta como para que el nombre quedara dando vueltas.

Se pensaba que Plutón tenía dimensiones similares a la Tierra. Sin embargo, mientras más se lo estudiaba, más se encogía. En 1950, ya se sabía que era un poco más pequeño que nuestro planeta. En 1976, comenzó a señalarse que, como máximo, podía tener un 1 por ciento de la masa de la Tierra, y, en 1978, se determinó que su masa era aproximadamente 0.2 por ciento de la masa de la Tierra.

Pero, supuestamente las alteraciones en el movimiento de Urano se debían a un objeto de mucha masa. Entonces… ¡Plutón no podía ser el responsable de lo que se veía! Es más, con los avances en el campo de la astronomía y con las nuevas tecnologías disponibles, se descubrió que no solo Plutón no era el Planeta X sino que ¡el planeta X nunca había existido! A principios de la década del ‘90, se determinó que no era necesario otro planeta para explicar los movimientos de Urano y Neptuno. Plutón solo había estado en el lugar y en el momento indicados para entrar al salón de la fama.

Brian Marsden, especialista en cuerpos menores del Sistema Solar. Fuente imagen: Harvard-Smithsonian Centre for Astrophysics.

La noticia no tuvo tanta prensa como su descubrimiento, y Plutón siguió reinando en los confines, silbando bajito y esperando que no le quitaran el trono… Aunque ya había varios objetos con tamaños similares a Plutón (como Ceres, Palas y Juno) pero que no eran considerados planetas.

En 1999, Brian Marsden, especialista en cuerpos menores del Sistema Solar, propuso a la Unión Astronómica Internacional (UAI) que Plutón terminara su reinado y fuera incluido entre los cuerpos menores. Es decir, junto con asteroides, cometas y un montón de otras piedras. La UAI rechazó el pedido y parecía que, a pesar de todo, Plutón seguiría siendo un planeta.

Con la llegada del nuevo milenio, comenzó su derrumbe. Nueva York le dio la espalda, y, en la gran reinauguración del Planetario Hayden, ¡no lo incluyeron! Además, seguían apareciendo nuevos cuerpos, como Quaoar y Sedna, pero estaban más lejos y eran más pequeños que Plutón. Tampoco cerraba el hecho de que Plutón tuviera un satélite, Caronte, con una masa comparable a la suya. Más bien, parecían dos objetos que viajaban juntos, y no que uno era satélite del otro.

Para acabar con su carrera, apareció Eris, que estaba más allá de Plutón y tenía más masa. Si Plutón estaba en el selecto grupo de los planetas, Eris también merecía estarlo. O ninguno debía ser llamado planeta.

Ya la situación era insostenible: había gente experta que quería incluir a Eris; otra que no quería que Plutón fuera un planeta. La comunidad astronómica no llegaba a un consenso. Las dudas seguían creciendo. Cada vez había más posturas y cada persona que descubría un nuevo cuerpo quería que fuera un planeta.

La elección final

Para determinar qué hacer con Plutón, se decidió que se discutiría en la Asamblea regular de la UAI de 2006, que tuvo lugar en Praga. La ciudad donde nació Kafka sería la que degradaría a Plutón…

La UAI quería hacer historia, pero, al mismo tiempo, también quería quedar bien con todo el mundo. Entonces, propuso conservar a Plutón como planeta y sumar a Eris, Ceres y Caronte. Obviamente, la decisión no iba a ser tan sencilla. Surgió otra propuesta, liderada por Gonzalo Tancredi, un astrónomo uruguayo que comenzó a acordar con otras personas que nuestro Sistema Solar podría tener ocho planetas y algunos planetas enanos, entre los que podría estar Plutón.

Votación de la asamblea general de la UAI del 2006, donde se creó la categoría de Planeta Enano. Crédito: the International Astronomical Union/Lars Holm Nielsen.

El debate fue larguísimo y, a pesar de los argumentos de una y otra postura y de algunas modificaciones que se propusieron a cada una, después de varios días, ninguna se impuso. Entonces, como pasa en todas las asambleas cuando ya no se puede avanzar más dijeron: -Bueno… ¡votemos!

A la prensa le encantó la idea de planetas enanos, y Plutón ya venía muy golpeado como para ganar la elección. Inclusive, si seguía siendo un planeta, ya no sería el dios de los confines, tendría que compartir el título con Eris y, probablemente, con algunos cuerpos más…

Se fijaron en los padrones y, como era una definición científica, no podía votar cualquiera: solo aquellas personas que participaban de la asamblea asociados a la UAI. Parece una obviedad, pero nuestro Sistema Solar estaba en juego y había curiosos, periodistas y colados siguiendo el proceso. Como ya sabemos, ganó la propuesta de los planetas enanos.

La astrónoma Jocelyn Bell-Burnell supervisando la votación en la asamblea General de la UAI. Crédito: The International Astronomical Union/Lars Holm Nielsen.


Desde 2006, un planeta se define como un cuerpo que gira alrededor del Sol y tiene suficiente masa para adquirir forma redonda y constituirse en el objeto dominante de su región. Plutón no limpió su órbita y gira con Caronte, su satélite, que tiene un tamaño similar al suyo… Así que, como Ceres y otros, sería un planeta enano.

Bueno, ¿se terminó el problema? No… Si bien la asamblea logró una resolución y se cambiaron los contenidos escolares, los de museos y planetarios, mucha gente sigue sin convencerse, y hay propuestas para que Plutón vuelva a ser un planeta.

Para los que preguntan ¿qué le pasó a Plutón? Nada… Es más, demora 248 años terrestres en dar una vuelta alrededor del Sol, así que para él ni siquiera pasó un año. ¡Vaya a saber qué nuevas discusiones se darán en la comunidad científica terrestre antes de que termine el año plutoniano!

Facundo Rodríguez
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Facundo Rodriguez es astrónomo y comunicador científico. Investiga el Universo para CONICET y, además, desde hace mucho tiempo está interesado en la democratización de las ciencias. Le interesa que el conocimiento se comparta y ha participado de una gran cantidad de iniciativas en este sentido. Disfruta particularmente de comunicar controversias porque le permiten mostrar cómo se construyen los saberes, la parte más social de las ciencias.

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