
Por Verónika Diaz Abrahan y Diego Núñez de la Rosa (especial para Entre tanta ciencia)
Dai dai, ikou, dale, allez, let´s go. Mediando el mundial, ya debe haber quienes manifiesten hartazgo por escuchar a Shakira junto al cantante nigeriano Burna Boy, aunque quizá para otras personas comience a ser la hermosa melodía de una nueva ilusión mundialista.
Pero si sonara Notti magiche, inseguendo un gol (¿ustedes también la leyeron cantándola?), podríamos rescatar del rechazo o la apatía, cual meme de Drake, a mucha gente que inmediatamente se trasladará emocionalmente al año 1990 y con la piel erizada continuaría la canción en un incomprensible cocoliche.
Es que puede gustarnos más o menos el fútbol, o podemos mirar de reojo el negocio alrededor de los Mundiales, pero seguro que uno de los aspectos que no podemos eludir es la huella sonora, sobre todo la ejercida por las canciones oficiales, que estos eventos deportivos han dejado en nuestra memoria.
La música acompaña momentos íntimos de nuestras vidas, pero también puede convertirse en la banda sonora de experiencias colectivas capaces de atravesar generaciones enteras. ¿Por qué recordamos algunas canciones y olvidamos otras? ¿Qué hace que ciertas melodías, como las que se escuchan en los Mundiales de fútbol, sobrevivan al paso del tiempo y se transformen en parte de nuestra historia personal y colectiva?
Qué mejor que aprovechar la omnipresencia del Mundial como punto de partida para pensar en esas preguntas y sus posibles respuestas. Por eso se nos ocurrió comenzar haciendo una indagación en la que consultamos a 98 personas de entre 18 y 80 años (aunque la mayor parte de la muestra se concentró entre los 40 y los 50 años), acerca de las canciones oficiales, su permanencia en la memoria y las emociones que aún suscitan.
Los resultados muestran que dos canciones sobresalen claramente en la memoria: Waka Waka (Sudáfrica 2010) y Un’estate italiana (Italia 1990), ambas identificadas por el 81% de los participantes (existía la posibilidad de votación múltiple en el formulario) como canciones representativas de los Mundiales. Muy cerca aparece La Copa de la Vida, interpretada por Ricky Martin para Francia 1998, reconocida por el 71% de quienes respondieron.
Sin embargo, cuando se preguntaba cuán fuerte era la asociación entre cada canción y la experiencia mundialista, Un’estate italiana (que quiere decir “un verano italiano”, y no “un estadio italiano”, contra lo que la mayoría cree) tomó distancia de sus competidoras. No solo era recordada: parecía ocupar un lugar privilegiado en la memoria de quienes participaron.
Y entonces surgió una pregunta clave, como consecuencia de esta carga emotiva depositada en la canción oficial del mundial italiano: ¿Qué tiene de particular una canción de hace más de treinta años para seguir resonando con tanta fuerza?
Una melodía para ser número uno…
Un´estate italiana originalmente se llamó To be number one (Para ser número uno) y estaba compuesta por el músico italiano Giorgio Moroder y el letrista estadounidense Tom Whitlock. Moroder ya tenía en su haber tres premios Oscar: a la mejor banda sonora por Expreso de Medianoche, a la mejor canción por What a Feeling de la película Flashdance, y también a mejor canción por Take my Breath Away del film Top Gun. Aunque además tiene el crédito de la composición de la música de otras películas memorables: La Historia Sin Fin, Scarface, Electric Dreams; y los temas oficiales de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 y los Juegos Olímpicos de Seúl 1988.
Cuando en 1989 le encargan la composición de la canción oficial del Mundial que se jugaría al año siguiente en su país natal, Moroder delegó en Whitlock la letra que devino en To Be a Number One. Moroder y Whitlock ya habían colaborado en composición y letra respectivamente, para producir la canción de la película de los pilotos de F14 que los tiene a Tom Cruise y Val Kilmer como protagonistas, interpretada por la banda Berlin. Pero To Be a Number One no conformó a Moroder, que sintió que esa versión en inglés no lograba transmitir lo que creía necesario para una canción mundialista. Por eso fue que recurrió a Gianna Nannini y Edoardo Bennato, dos referentes del rock italiano de la época, para hacer la versión que hizo historia y cuya melodía e interpretación generan una profunda emoción, y un grato recuerdo, según quienes votaron por Un´estate italiana en la encuesta.

Podríamos adentrarnos mucho más en los pormenores de esta historia, pero al menos es interesante destacar, como dato no menor, que Gianna Nannini era y sigue siendo una artista contestataria, rebelde, por fuera del mainstream. Y que fue su particular voz e interpretación la que quizá aportó a que Un´estate italiana fuera una canción memorable. También hay que señalar que ésta fue la última canción cuya letra estaba 100% en el idioma del país anfitrión, no angloparlante: el siguiente mundial se jugó en EE.UU. y los subsiguientes tuvieron canciones compuestas con criterio global, en inglés, castellano o con fragmentos en los idiomas del país sede, como el caso de Waka Waka.
¿Será que estas particularidades de la pieza sonora y su contexto aportaron a que, Un´estate italiana, sea una canción inolvidable? A esto podríamos sumarle la épica que tuvo la Selección Argentina, que llegaba como campeona, en la actuación de aquel mundial: pierde con el ignoto Camerún en el partido debut; pierde a su arquero Pumpido por una grave lesión y es reemplazado por el que luego sería el héroe de los penales, Sergio Goycochea; Maradona juega casi toda la competencia con su tobillo izquierdo destruído; Caniggia le convierte un gol heroico a Brasil; el triunfo ante el dueño de casa: los silbidos al Himno Argentino en la final ante Alemania. Y de fondo sonaba, todo el tiempo, ese pegadizo riff que da entrada a: “Forse non sarà una canzone…” (Sí, imposible no seguir cantándola).
La emoción como puerta de entrada a la memoria
Volvamos, ahora, a nuestra encuesta. Al preguntarle a las personas por qué creen que algunas canciones mundialistas permanecen en la memoria durante años (e incluso décadas), las respuestas convergieron en un punto central: las emociones.
Muchxs afirmaron que estas canciones permanecen porque «nos emocionan», porque están «asociadas a emociones fuertes» o porque evocan «recuerdos y emociones vinculadas a cómo le fue a la selección». Otras mencionaron la «expectativa y la emoción que nos generan» o la capacidad de las canciones para transmitir sentimientos de desafío, pertenencia o nostalgia.
Efectivamente, la ciencia lleva décadas mostrando que las emociones cumplen un papel central en la consolidación de los recuerdos. Aquello que nos conmueve, nos sorprende o nos moviliza tiene más probabilidades de permanecer disponible en la memoria a largo plazo. Por eso existe incluso una categoría específica denominada memoria emocional. Pero las melodías mundialistas parecen ofrecer algo más que una simple asociación emocional.
Al escuchar ciertas canciones no solo recordamos la letra o las características musicales. También aparecen imágenes, personas, lugares y momentos específicos de nuestras vidas. La música funciona como una poderosa clave de acceso a la memoria autobiográfica, es decir, a los recuerdos vinculados con nuestra propia historia. Esto fue corroborado desde estudios experimentales que lleva a cabo el Laboratorio Interdisciplinario de Neurociencia Cognitiva (LINC) de la Universidad de Palermo, encontrando que los recuerdos evocados a través de la música presentan más detalles sensoriales, temporales, espaciales que aquellos evocados por otros estímulos.
Muchas respuestas apuntaron precisamente en esa dirección. Una persona escribió que las canciones permanecen porque forman parte de «una época de su historia personal». Otra señaló que recuerdan «momentos de nuestra vida donde lo más importante era el Mundial». Alguien más lo sintetizó de manera sencilla y contundente: «Quizás por la edad que tenía en ese Mundial. Yo tenía 14 años».
Este dato resulta especialmente interesante si consideramos que la mayoría de quienes respondieron la encuesta tienen entre 40 y 50 años. Es decir, muchos atravesaron Italia 90 durante la infancia, la adolescencia o los primeros años de la juventud.
Desde las neurociencias se sabe que los recuerdos asociados a estas etapas suelen adquirir una fuerza especial. Existe incluso un fenómeno denominado reminiscence bump o «pico de reminiscencia», que describe la tendencia de las personas a recordar con mayor intensidad acontecimientos ocurridos durante esos años formativos.

Por todo esto quizá, Un’estate italiana también ocupa un lugar destacado en la memoria de tantas personas. Cuando vuelve a sonar, no necesariamente reaparece solamente el Mundial, sino que regresan imágenes de las vacaciones de invierno, la escuela, las amistades, la familia, los barrios y las emociones de aquella época.
Los recuerdos también se construyen en comunidad
Sin embargo, los Mundiales poseen una particularidad que los diferencia de muchos otros recuerdos: rara vez se viven en soledad. Son experiencias profundamente sociales y colectivas. Y las canciones que los acompañan terminan formando parte de esa vivencia compartida.
En el Instituto Patagónico de Ciencias Sociales y Humanas (IPCSH) del CENPAT, se estudian las experiencias sonoras y musicales a través del concepto de memoria colectiva. En sintonía con Maurice Halbwachs, psicólogo y sociólogo francés reconocido por proponer el concepto de memoria colectiva, los recuerdos no son únicamente procesos individuales almacenados en un cerebro; también son construcciones sociales que compartimos con otros y que ayudan a dar sentido a experiencias comunes.
Las respuestas de la encuesta muestran con claridad esa dimensión social de la memoria. Una de las definiciones más evocadoras fue la de quien escribió:
«No recuerdo el partido, recuerdo el lugar en el sillón que me tocó y dónde se sentaban mamá y papá. La canción era la banda sonora de esa coreografía familiar.»
La frase resume algo fundamental. Las canciones no evocan solamente partidos o goles. Evocan reuniones familiares, encuentros con amistades, festejos, derrotas, abrazos, rituales y formas de compartir el tiempo con otras personas.

Otra persona señaló que las canciones permanecen porque están vinculadas a «momentos muy significativos como el encuentro entre seres queridos». Alguien más afirmó que se recuerdan porque «se anclan en el recuerdo de un acto colectivo».
En cierto sentido, las canciones mundialistas funcionan como archivos sonoros de experiencias compartidas.
¿Memoria o repetición?
En la fiesta inaugural de este Mundial, se llegó a dudar de que fuera la mismísima Shakira la que apareció cantando el tema oficial, o la habían reemplazado por una doble. Lo curioso es que el hecho se vivió con cierta normalidad. Si así hubiera sido, no pareció causar malestar en el público. Y esto se explica desde la práctica estandarizadora a la que la industria cultural ya nos habituó: lo decisivo puede no ser la presencia de la persona misma, sino que el espectáculo reproduzca exactamente el modelo esperado.
Cabe desempolvar aquí a Adorno y Horkheimer, filósofos alemanes de la Escuela de Frankfurt, y a su célebre trabajo La Industria Cultural:
“Ésta [la industria cultural] consiste en repetición. El hecho de que sus innovaciones características se reduzcan siempre y únicamente a mejoramientos de la reproducción en masa no es algo ajeno al sistema. Con razón el interés de innumerables consumidores se aferra a la técnica, no a los contenidos estereotipadamente repetidos, vaciados de significado y ya prácticamente abandonados. El poder social que los espectadores veneran se expresa más eficazmente en la omnipresencia del estereotipo impuesta por la técnica que en las añejas ideologías, a las que deben representar los efímeros contenidos”.
Por eso, Dai Dai, la nueva canción del Mundial 2026, tiene tantas similitudes musicales y estéticas a Waka Waka del 2010, e inclusive a Haya Haya del 2022 y otras. Se repite la fórmula que vende.
Hoy ya no se compone/produce en función de una intencionada pregnancia basada en lo original de la obra, sino que lo importante es su capacidad de ser reproducida, en tanto mercancía: teniendo a Shakira, letras repetitivas, coreografías con destino de retos virales, y mucha repetición, el producto se impone solo.
Sobre todo, si ni siquiera hay que idear nada nuevo, sino que basta con repetir algo ya probado. Shakira y la FIFA se “inspiraron” en la canción Zangalewa del grupo camerunés de los ´80, Golden Sounds, para crear el hitazo Waka Waka. El estereotipo de “algo africano” funcionó como garantía de ventas y ganancias sin riesgo. ¿Qué hubiera ocurrido si para el primer Mundial jugado en el continente africano se hubiese dado con un Giorgio Moroder local y convocado a artistas de Sudáfrica que tuviesen a su cargo la ejecución de la canción oficial?
En el mismo sentido, no todo se explicó por la emoción o la memoria para quienes participaron de la encuesta. También destacaron factores vinculados a la propia música y a su circulación social.
Hablaron de «ritmos pegadizos», «melodías fáciles de recordar», «coros potentes» o de la repetición constante en medios de comunicación, escuelas, publicidades y espacios públicos. Como resumió una persona: las canciones permanecen porque «las hicieron escuchar muchas veces y todo el mundo las cantaba en un período de tiempo bastante corto».
Otras respuestas señalaron la importancia de la difusión mediática, el marketing y la exposición constante durante las semanas que dura el torneo. Después de todo, pocas experiencias culturales logran una presencia tan intensa y simultánea en tantos ámbitos de la vida cotidiana.
La persistencia de algunas canciones mundialistas se explica justamente por la convergencia de todos estos factores. Son canciones que se escuchan una y otra vez, que poseen características musicales memorables diseñadas a tal fin, que acompañan acontecimientos cargados de emoción, y que terminan asociándose tanto a historias personales como a experiencias compartidas por millones de personas.
Mucho más que una canción
Entonces, ¿qué recordamos cuando recordamos la canción de un Mundial?
La melodía, sin duda. Pero también a las personas con las que compartimos el momento de la escucha, la etapa de nuestras vidas en que sonó por primera vez y la historia colectiva de la que formamos parte.
Quizás por eso algunas canciones sobreviven durante décadas mientras otras desaparecen rápidamente. No porque sean necesariamente mejores, sino porque consiguen entrelazarse con nuestras emociones, nuestras experiencias y nuestros vínculos. Entonces cabe una última pregunta: ¿Son las canciones oficiales de los mundiales las únicas que realmente representan estos momentos?
Nos atrevemos a decir que no. Hay canciones que se tornan significativas sin formar parte del repertorio oficial, pero integran también nuestras fibras emocionales. Y también fueron mencionadas en la encuesta: Shima Uta, cantada por Alfredo Casero para el Mundial Korea-Japón de 2002; la de una publicidad de cerveza Quilmes que iniciaba “Eran otros tiempos, era otra la historia…”; o la omnipresente “Vamos Vamos Argentina, vamos vamos a ganar…”.
Pero la canción no oficial que más se mencionó fue Muchachos, de Qatar 2022, que quedó evidentemente en la memoria por haber conseguido llegar a la final y ganar la copa, y todo lo antedicho.
Y es interesante, porque Muchachos tiene una historia que fusiona la cultura popular con la industria cultural. La versión original es de la banda La Mosca Tse Tse del año 2003 y se llamaba Muchachos, esta noche me emborracho. Pasaron 19 años para convertirse en canción de cancha para alentar a la Selección, a partir del desafío lanzado en Twitter por el periodista Matías Pelliccioni, al que respondieron miles de hinchas con sus canciones y de las que fue seleccionada la Muchachos que llegó a Qatar. Luego la viralización. Y lo demás, es historia. Porque cuando se crea un Notti Magiche o un Waka Waka, o emerge un Muchachos, la música deja de ser solamente música. Se convierte en parte de nuestra historia.
